martes , 29 noviembre 2022

Lula tiene condiciones para ser elegido presidente de Brasil

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Nathalie Beghin *

Ayer, el 2 de octubre de 2022, se celebró la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil. Poco después de las nueve de la noche teníamos el veredicto: habría una segunda vuelta entre Lula y Bolsonaro. Nos sorprendió la importante cantidad de votos que recibió el candidato-presidente, 43%: más de lo que anunciaban todos los sondeos de opinión publicados en las últimas semanas. Después del susto, y analizando los resultados con calma, creemos que es muy posible que Lula gane el próximo domingo 30 de octubre, fecha en que se celebrará la segunda vuelta electoral en Brasil.

Al inicio del recuento de votos y hasta la apertura de poco más del 50% de las urnas, Bolsonaro lideraba la elección. Cuando Lula pasó al primer lugar, la diferencia era pequeña, y finalmente Lula alcanzó el 48% de los votos, 5 puntos porcentuales por encima de Bolsonaro.

Además, los ministros que habían sido responsables de una gestión desastrosa en el gobierno federal fueron elegidos como parlamentarios: El general Pazuello, el peor ministro de salud que ha tenido este país, que fue un desastre en la gestión de la pandemia, causada por la Covid-19, fue el diputado federal más votado en el estado de Río de Janeiro; Ricardo Salles, el ministro de Medio Ambiente que incendió la Amazonia y relajó las normas ambientales, está entre los diputados federales más votados en el estado de São Paulo, y tuvo muchos más votos que Marina Silva, que también fue ministra de Medio Ambiente y quien es una ecologista de renombre mundial; Damares Alves, ministra de Familia y Derechos Humanos, una pastora antiderechos y antifeminista, es ahora senadora por el Distrito Federal. El vicepresidente, el general Hamilton Mourão, alcanzó los votos para ser senador en Río Grande do Sul y, el ministro de Infraestructuras, Tarcisio de Freitas, responsable de las privatizaciones del gobierno de Bolsonaro, está a pocos votos de ser gobernador del estado de São Paulo.

Nos hemos dado cuenta de que el bolsonarismo tiene raíces mucho más profundas de lo que imaginábamos. Estamos atónitos de que la población eligiera a los responsables de sus terribles condiciones de vida: 63 millones de empobrecidos, 33 millones de personas con personas con hambre, 35 millones de subempleados y desempleados, 40 millones de trabajadores informales y casi 700.000 muertos por Covid-19, entre otros muchos males generados por las desatinadas gestiones de los políticos y funcionarios de la administración Bolsonaro.

La brutal desigualdad que caracteriza al país puede explicar parte de este resultado –en Brasil el 1% más rico posee la mitad de la renta nacional–, asociado a la gran parte de la población que vive en la más absoluta incertidumbre, sin saber si mañana tendrá trabajo, comida o casa. Viven con miedo a la policía, a las milicias en el campo y en la ciudad, y al narcotráfico: cada año, más de 40.000 personas son asesinadas. Este miedo y la falta de confianza en las instituciones –gobiernos, justicia, políticos y movimiento sindical, entre otras– que poco o nada bueno aportan en su percepción, contribuyen a que la gente se refugie en espacios donde se siente segura, la familia y las religiones cristianas. Y son estas dimensiones muy bien aprovechadas por la extrema derecha.

Otra posible explicación es que este estado de inseguridad permanente acaba reforzando el individualismo y la mentalidad de “sálvese quien pueda”, socavando los valores de solidaridad, fraternidad e igualdad, bases de los estados de bienestar. Este malestar, tan bien traducido por Zygmunt Bauman en su concepto de “modernidad líquida”, no sólo aflige a los brasileños sino también a muchos otros pueblos. Esto explicaría en parte el crecimiento de la extrema derecha en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Hungría, Polonia, Suecia y ahora en Italia con la elección de Giorgia Meloni, una fascista declarada.

A esto se suma la existencia de una élite acostumbrada al saqueo y que nunca se ha preocupado por la miseria. Al contrario, la necesita para enriquecerse aún más. Para ello, explota la mano de obra pagando salarios denigrantes, deforesta nuestros biomas, invade las tierras indígenas y las públicas, captura las instituciones públicas para que trabajen a su favor. Por eso este resultado electoral: el proyecto defendido por Lula amenaza estos privilegios.

La extrema derecha ha construido discursos y medios para transmitirlos, sin ningún pudor ni vergüenza, porque inventa, miente y distorsiona los hechos, que dialogan con las incertidumbres de una gran parte de la población y tranquilizan a los ricos.

Pero hay buenas noticias. Lula tiene actualmente más de 5 millones de votos de ventaja sobre Bolsonaro, muy poco para alcanzar la mitad más uno de los votos válidos. Lula ganó entre los empobrecidos y en el Nordeste de Brasil y el PT eligió a tres gobernadores en la primera vuelta, puede aumentar esta base en la segunda. Los diputados de la federación partidaria Brasil de la Esperanza que apoyan a Lula han aumentado su presencia en el Congreso Nacional. Además, Lula tiene una energía inusitada y una capacidad de movilización y diálogo como pocos. Como él mismo dijo, nunca fue fácil y cuando ganó fue siempre en la segunda vuelta.

Ahora es el momento para que Lula explique lo que hará concretamente para mejorar las condiciones de vida de la gente y dialogar para aumentar su base, con el apoyo de todos nosotros. Esto es algo que él sabe hacer y así la esperanza volverá a Brasil el 30 de octubre, en la segunda vuelta.

* Economista (Université Libre de Bruxelles) con doctorado en políticas sociales (Universidade de Brasília). Coordinadora de la Asesoría Política del Instituto de Estudios Socioeconómicos (Inesc), Brasil. Actualmente es copresidenta de Latindadd, por el período 2022 – 2024.


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